Moscow cityModerna forma de convivir. O puede que solo sea una exageración. La niebla engaña. Del suave manto alargado de la mañana a una capa enfermiza que nunca se va. Fruto de la actividad humana. El progreso golpea. El progreso se mimetiza. Las horas avanzan y la niebla no se retira. Se pega. Se impone. Se ríe.

Debajo las personas se afanan por entender el instante inmediato. Ese es el horizonte. Ayer queda lejos, mañana es una quimera. Enfrente solo el instante siguiente. El que importa. Ese cuya ausencia causa pavor. Así de densa es la niebla. El futuro empequeñece a manos de la hiperactividad. Miles y miles de ciudadanos fieles al presente.

Los hay que siguen diciendo que allá arriba hay luz. Hay cielo. La utopía de quienes sueñan despiertos. Levantan la mirada sin cesar. Pero la niebla es uña y carne con la humanidad. No se distingue de ella. Es humanidad. Primero la rodeaba pero hoy son la misma cosa. Da igual mirar hacia arriba o hacia abajo. Todo es lo mismo. Todo es niebla.

Y por todas partes el ruido. Un zumbido que reclama su papel. Conversaciones que viajan al azar rotas en mil pedazos. Se chocan y se hacen aún más daño. Niebla. No se ve nada ahí enfrente. Y se escucha sin embargo un estruendo inmenso. ¿Qué dicen?, ¿quién habla? La ciudad se apaga en la niebla. Como la gente. Humanos que se apagan y dejan de sentirse, perdidos dentro del griterío.

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