Cómplice

by Julen

Hote Luzon - San Vicente Marzo 2014-104.jpgLa casualidad colocó aquel teléfono en el pasillo. En realidad fue una decisión que nadie tomó. Sobraba y en algún sitio había que colocarlo. Así que el capataz de la obra sencillamente dejó que uno de sus operarios hiciera lo que le viniera en gana. Y el teléfono acabó en aquel pasillo, en aquella pared. Sin sonar nunca, sin que ningún número le diera vida. Como de cartón piedra, el teléfono se quedó a vivir allí.

Por supuesto que recibía muchas miradas curiosas. El siempre fue de otro tiempo, cada año más lejos de la realidad. Pero se había hecho su hueco junto a una decoración decadente. No, no tenía línea. Su porte le sobraba para hacerse ver y para dejar pensar que sí, que seguía siendo útil y símbolo del progreso de épocas pasadas. Aunque levantara sospechas, nadie conocía con certeza su aislamiento.

Quien más quien menos caía en la cuenta. Aquel objeto en la pared, aquel pasillo. La mirada se desviaba de las puertas y se volvía hacia él. Mantenía dignamente la edad gracias a una limpiadora que lo había adoptado casi como hijo suyo. Cada mediodía el paño acariciaba su superficie. Tan tersa y lisa que enseguida recuperaba ese brillo tenue que tanto realzaba su figura. El paño lo revivía día sí y día también.

A sus más de cuarenta años, su vida se apagaba. Un engaño desde el principio, un adorno con piel de objeto funcional. Pero nunca nadie quiso que cumpliera lo que para sus congéneres fue simple hábito. Él se quedó en objeto de miradas indiscretas, en curiosidad encerrada en su cárcel de pared. Pasaron los días y nada sucedió. Hasta que desde la habitación 17 escuchó aquel grito aterrador. Quiso huir pero no pudo. Y penó con su silencio, sabiéndolo todo. Encerrado en su mutismo. Él lo sabía, pero calló. De testigo pasó a cómplice.

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