Tan lejos, tan cerca

by Julen

Playa El Verodal IISeguirá el tiempo casi detenido. Abajo, junto al mar, las olas se empeñarán en repetir su embestida con una insistencia enfermiza. El paseo poco a poco va cediendo ante la fuerza del agua. Es cuestión de tiempo que pierda la batalla. Los humanos siempre igual. Juegan con la soberbia pero siempre pierden en el largo plazo. Aunque es evidente que las dos partes aceptan ese destino sin mayor problema.

En cambio arriba, en lo más alto de la isla, la escena es muy diferente. Allí hay que acercarse al atardecer cuando la luz explota y transparenta la realidad hasta límites inimaginables. Una luz salvaje, gigantesca, apoteósica, inabarcable con la mirada. Lo es todo. Es inmensidad. Debajo el mar de nubes se agolpa contra la ladera. Parece acomodarse. Cada nube se aprieta contra la vecina para no dejar un resquicio por donde ver el mar o las tierras del Golfo.

Luz arriba y agua abajo. Apenas una hora para viajar de un sitio al otro. Nada que ver si no fuera porque una y otra se dan cobijo mutuamente. Desde la distancia la isla lo es solo porque el océano lo quiere. Se saben unidas en un maridaje que no admite discusión. Así ha sido, es y seguirá siendo. Pequeños humanos se agrupan aqui y allá entre barrancos y caídas pronunciadas hacia el mar. Desde lejos son solo pequeñas motas. Luego, aplicada la lupa, descubres historias de escasez y emigración. Y de superviviencia.

La isla espera. Palpita al ritmo de un magma incoformista que busca fugas por donde respirar. Algún que otro día consigue atención. Incluso a veces es motivo de espectáculo. Pero la mayor parte del tiempo se muestra más callado, oculto a miradas indiscretas. El anonimato, el olvido, la distancia. Tan lejos, tan cerca.

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