El lavadero

by Julen

Lavadero de CanjáyarTodavía se pueden escuchar las conversaciones aferradas a las paredes. Años y años en que las mujeres trabajaban duro allí. La conversación en el lavadero servía, entre otras cosas, para suavizar la tarea. Los nudillos de los dedos pasaban una y otra vez por aquellas prendas que debían servir para generaciones. Arriba y abajo. Vuelta a comenzar. Una y mil veces hasta que el jabón vencía a la suciedad.

Eran mujeres. Solo mujeres. Un lugar recogido para bajar el tono de voz si hacía falta o para levantar la voz si el caso era conversar con alguna otra vecina que estaba más alejada. Secretos y confidencias. Bajo la techumbre y protegido de oídos ajenos, por allí se escrutaba la vida del pueblo. Para lo bueno y para lo malo.

El lavadero hoy sigue en pie. Apartado de su tarea ancestral solo sirve para imaginar la animación de aquellos días pretéritos. El olor del jabón, el agua turbia, el sudor de la frente, los cacharros para llevar y traer la ropa. Eso sí, allí casi siempre se disponía de agua en abundancia. Los montes cercanos garantizaban la cosecha. Agua. Tan simple como necesaria. Porque no muy lejos, agua era lo que faltaba.

Cada mujer en su lavadero. La fuerza de la costumbre unía destinos. El ritual se repetía con frecuencia semanal por lo menos. Y según épocas incluso con mayor frecuencia. Restregar y restregar. Las manos se endurecían al ritmo de aquellos movimientos repetidos hasta el infinito. Un trabajo rutinario donde la mente a veces volaba para escapar de una existencia convertida en cárcel. Hoy solo queda el recuerdo. El lavadero podría, pero no quiere, contar la historia del pueblo.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.