La plaza al amanecer

by Julen

Gotas rocíoEl pueblo aún guarda silencio. Desde lejos, entre la bruma se aprecian pequeñas columnas de humo que ascienden casi inmóviles hacia el cielo. La plaza se despereza sin prisa alguna. Recoge el silencio que la rodea, la engulle y sepulta. Ni siquiera permite miradas indiscretas desde alguna ventana. Dicta sentencia. Ese momento del día le pertenece.

Bancos vacíos se miran entre sí mientras los árboles se cobijan como pueden del frío. Comienza el otoño y la soledad del amanecer en la plaza es casi religión. El aire queda quieto y una finísimas gotas de rocío juegan aquí y allá. Plaza desierta. Y, sin embargo, rebosa humanidad. Se sabe cobijo de la vida del pueblo y por eso necesita también su descanso. Lo que tenga que venir, vendrá.

El quiosco se repliega sobre sí mismo. Cierra sus brazos y duerme en mitad de la plaza, acurrucado para no perder el calor de la pulpa de celulosa que cada mañana llega puntual. Ahora, como los demás habitantes de la plaza, todavía no ha vuelto en sí. Ni siquiera trinan los pájaros. Ni siquiera vuelan los gritos de los niños. Todo espera, en un silencio ceremonial.

Hasta que unos pasos le recuerdan a la plaza que el día va a comenzar. La panadera, Celia, camina despacio. Los pensamientos en su mundo, a salvo. Borrosa al principio, su figura surge por la esquina de la calle que sube del río. Bancos, árboles, quiosco, apenas si son capaces de moverse. La ven como cada mañana. Y cruzan saludos que nadie percibe. Buenos días, Celia. Que tengas buen día, que tengas buen día.

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1 comentario

Isabel 12/09/2013 - 07:09

Soledad deliciosa cuando rebosa humanidad 🙂

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