La plaza

by Julen

Tarde de Verano en NívarEn el pueblo cualquiera con quien hables te dirige allí. La plaza es el lugar para tomar el pulso a la vida, para sentir e intentar comprender. Una plaza sin nombre. ¿Para qué más detalle? Este espacio aplastado por el sol a mediodía sirve para cruzar mensajes, para esquivar miradas o para dejar pasar el tiempo. Arriba, tras un par de revueltas por las calles empedradas. Arriba, la plaza.

La tarde va dejando caer un poco de humanidad. Tras unas horas en las que sus bancos han dormitado desnudos anclados al suelo, la plaza retoma su vida de algarabía al atardecer. Comienza entonces esa extraña mezcla de quienes van y quienes vienen. Los unos casi inmóviles, con la mirada plomiza y el rostro ajado. Conversación recurrente alrededor de lo de siempre. Los otros, moviéndose sin parar y jugando con los gritos y la alegría de la edad.

Cada cual en su territorio. La plaza esconde jerarquía. Los años han servido para que las partes conozcan sus derechos. La tradición se interpreta al vuelo y sin que nada quede por escrito, las reglas son las reglas. La plaza no es poca cosa. Es el emblema de tanto y tanto pasado, de historias que se resumen en lo que se puede y lo que no se puede hacer. Las conversaciones bajas viven a la sombra de la gravedad de que ocultan.

Una silla de ruedas es historia. Una muleta necesita toda una aventura detrás. Una señora con un pañuelo verde a la cabeza no es lo que parece. Y aquel señor de la gorra… aquel señor de la gorra merece silencio; que no se sepa. Secretos y evidencias se arremolinan en la plaza. Ella sentada en un banco a la sombra deja pasar la tarde. Las escenas se suceden. Pero por más que lo intenta, no consigue comprender. Se sabe una viajera.

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